Extrañar es un privilegio
Mañana se cumple un mes del fallecimiento de mi papá. A lo largo de estos meses/semanas estuve reflexionando sobre la muerte como nunca antes. Es normal, como humanos, angustiarnos ante el fin de algo que ni sabemos cómo ni cuándo empezó. Muchas veces le dije a mi psicólogo que me angustia no tener la barrita de vida al costado de mi campo visual, como en los videojuegos. Simplemente pasa cuando menos se lo espera.
En el caso de mi papá, por supuesto que sabíamos cuál era el desenlace. ¿Eso lo hacía menos doloroso? No. El duelo es un shock. Recuerdo sentirme en un sueño esa noche, estar en el sepelio y ver el coche fúnebre lleno de flores y creer (o querer creer) que mi papá estaba sano en su casa, durmiendo en su cama. El día después pedí tener una sesión con mi psicólogo, que me atiende virtualmente, y le dije que me preocupaba no hacer un duelo “normal”. Me asusta llorar poco y también llorar demasiado. No lloré tanto rodeada de gente, sino más en privado, en soledad. Me dijo que todos los duelos son distintos y dependen de la relación que se haya tenido con el difunto.
Traté de hallar consuelo en el hecho de que su enfermedad lo estaba agobiando de una manera indescriptible y pudo trascender a un plano espiritual. Tenía dolor todos los días, ya no podía moverse por sí solo, dependía de una vía cuyo pinchazo lo hacía sufrir porque en sus brazos ya no quedaban venas sanas, y de una bigotera que se sacaba constantemente cuando tenía algo de consciencia en sus últimos días. Ya no hablaba, sus palabras eran suspiros. Y empecé a investigar: Lo que para nosotros es terrible, verlo inconsciente y con los ojos hacia atrás, era para él apenas un sueño en el que se encontraba con sus seres queridos en lugares hermosos. Le pusimos música y chequeamos sus signos vitales cada tanto, dejando que hiciera ese proceso solo (ahora lo veo como un “emprender viaje").
Fui la primera que lo vio sin respirar. Esperé unos segundos, porque ya se tomaba un tiempo para inhalar, pero nada. Fui silenciosa al avisarle a mi familia, pensando que había que ajustar algo en el concentrador de oxígeno o ponerle morfina o algo, pero no. Mi mamá le cerró los ojos y mis hermanos se despidieron desconsolados de él. Yo estaba incrédula. Recién al hacer las llamadas entendí lo que estaba diciendo.
Ya en el cajón vestido con traje, rosarios y flores, vi en su rostro una sonrisa. Ahí entendí que estaba descansando finalmente, sin dolores, después de resistir tanto. Y entonces me pregunto una y otra vez por qué me duele tanto su partida física, si ya cumplió su ciclo, si ya pasó todo lo que tenía que pasar. Pienso que ya nunca más podremos viajar en auto los fines de semana, como él solía hacer, ni compartir las comidas que le gustaban, ni hablar de Charly García y Vox Dei.
Cuando le recitaba mis poemas que hablaban sobre él, lloraba. Se emocionaba mucho y me abrazaba fuerte, aunque sigo sin poder poner en palabras lo mucho que él significa para mí. Me quedan cassettes, pañuelos, fotos, viejos cuadernos de él, libros. Pero no tengo más sus anécdotas ni la posibilidad de llamarlo ante alguna urgencia. No puedo preguntarle cómo resolver alguna rotura o pedirle consejo. Entonces pienso en lo que él haría, qué le gustaría.
Pienso en una charla que tuvimos en la que nos pedimos disculpas por tantos años de ausencia y malentendidos. Con mi papá discutí, me di mi espacio, preferí distanciarme, y también en su momento me reconcilié, lo abracé y nos ayudamos mutuamente en nuestros momentos más difíciles. Pienso en la gente que no puede despedir a quien ama. Cuando voy al cementerio le pongo sus canciones favoritas, le hablo de cosas que me pasan o que le hubiera encantado oír. Es raro porque estoy en el cementerio y suena esto, pero lo tarareo como lo tarareaba él una tarde que tomamos yerbiado con café y tortilla, lo que tomaba de chico.
El día que mi papá falleció cumplimos un año de noviazgo con Fede y esa mañana, vimos un picaflor cometa (de estos que tienen la cola larga y roja) en el patio, revoloteando como si estuviera quieto en las flores del aloe vera. Horas después, en la mañana del día siguiente, Fede vio uno igual en la parte de afuera de la sala velatoria, volando sobre las coronas de flores que le dejaron a mi papá sus compañeros de trabajo.
Nunca había tenido una conexión así con un ave. Dicen que los picaflores simbolizan las almas de los difuntos protegiendo la casa, mostrando que están bien y descansan en paz. Me llama la atención sobre todo su vuelo, tan constante que parecen suspendidos en el aire. No sé si mi papá sea un picaflor, pero veo sus señales en todos lados, cuando paso por un lugar y suena Pink Floyd o se cae a mis pies la semilla de un árbol mientras hablo de él.
Creo que extrañar tanto a mi papá es un privilegio, porque pude estar cerca de él y verme en él. Era la persona más parecida a mí. Conocía sus cambios de humor, su risa y los chistes que contaba una y otra vez. Entonces duele tanto porque hubo mucho amor, mucha cercanía, y creo que en la actualidad es algo de lo que a veces, incluso inconscientemente, nos resistimos. No queremos que nos conozcan, no queremos crear vínculos porque eso significa la vulnerabilidad de que algo me pase, o a la otra persona, o que se rompa esa conexión y volvernos desconocidos. Hay mucha indiferencia con respecto al otro, lo vemos detrás de una pared inmensa asomando apenas la mirada, “chusmeando" a ver qué hace y a quién se lo hace y qué tiene y qué no tiene.
Todos concluimos en ese mismo viaje (porque mi papá pensaba en la muerte como un viaje sin valijas). Está comprobado que cuando sabe que va a morir, el cuerpo agudiza su sentido más espiritual. Es cuando más necesitamos la fortaleza de creer en algo y pensar en quienes amamos. Pienso en lo importante de dejar(se) descansar y en el valor de despegarse, por fin, de las cosas materiales. Luego somos enseñanzas, palabras, chistes, recuerdos. No debería ser necesaria una enfermedad para estar con los nuestros. No debería hacer falta morir para ser tenido en cuenta y recordado.

Lloré de inicio a fin, quienes hemos sufrido la pérdida y la ausencia entendemos lo que cada oración de esta entrada significa. Te abrazo fuerte fuerte. La pena es el precio por amar tanto. A fin de cuentas, todos somos un poco "esclavos de nuestros muertos".
ResponderEliminar<3 Gracias por tus palabras Xime. Sí, cada día estoy más convencida de ello
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